Beatriz Quijano. ‘My Wounds are Fertile’ ‘Mis Heridas son Fertiles’
Hot hot hot magazine, Issue 2 special guest Lua Ribeira.
SMAK PARIS September, 2019: p. 116-133




My wounds are fertile. They want to clean them, remove the pus and bacteria, suture, disinfect them. But that's not what I want. I have wounds, so I pick at them. Why would I discard the possibility to create wounds so deep, so lush, so beautiful? To disinfect them, rules, schedules, discipline and constant company are required. Time to eat, time to sleep. I know that routine is very important: it is what ties us to sanity. They also tell me that loneliness is my worst enemy, so we are told: "let's go for a walk," "let's go to the garden," "let's go to the beach." There is no self here, it’s always we. We get up at half past eight; we eat at two o’clock; we walk at six; We go to bed at half past ten, although sometimes we sneak up - we also do mischief - and steal milk with cookies from the kitchen. All this disinfects me, purifies me. But I would like to nurture my wounds. Add fertilizer and insecticide so that nests, worms or butterflies don’t appear. This way, stories and tales will sprout from them. I don't know why I think so much about my wounds, but I feel joy when talking about them, when I caress them and feel pleasure from the pang of my fingers touching them. After all, they make me who I am. When I talk about something else I feel it’s not my own voice. Even sometimes, when speaking about them I notice that someone puts the words in my mouth, with their fingers on the keyboard. They steal my voice. A refined and educated lady uses her pedantic vocabulary to explain what is happening to me, why I am so hurt, why I don't want to heal. What does she know? Instead I know everything about her: vain, insecure, pretends to know what she is talking about, but, in fact, knows nothing. Her wounds are like a groove drawn with a stick in the sand of the beach; mine are a deep and steep valley pierced by the erosion of millennia. She doesn't know anything about me, but I know everything about her. She doesn't know what my name is, because we don't have a voice or a proper name, we speak in chorus. Instead, she says what she wants and others must keep quiet and listen. They call her Beatriz Quijano. What would she know about anything?




Mis heridas son fértiles. Quieren limpiarlas, sacar pus y bacterias, suturar, desinfectar. Pero eso no es lo que yo quiero: tengo heridas, así que las hurgo. Por qué iba a desechar todo el poder de creación de heridas tan hondas, tan exuberantes, tan hermosas. Para su desinfección se requieren normas, horarios, disciplina y compañía constante. Hora de comer, hora de dormir. Ya sé que es muy importante la rutina: es lo que nos ata a la cordura. También me dicen que la soledad es mi peor enemigo, así que “vamos a paseo”, “vamos al jardín”, “vamos a la playa”. Aquí no existe el yo, siempre somos nosotras. Nosotras nos levantamos a las ocho y media; nosotras comemos a las dos; nosotras paseamos a las seis; nosotras nos acostamos a las diez y media, aunque a veces nosotras nos levantamos a escondidas -nosotras también hacemos travesuras- y nosotras robamos leche con galletas de la cocina. Todo esto me desinfecta, me purifica. Pero yo querría abonar mis heridas. Echar abono e insecticida para que en ellas no hagan nidos gusanos ni mariposas. Así de ellas brotarían historias y cuentos. No sé por qué pienso tanto en mis heridas, pero gozo con ellas, al hablar de ellas, al acariciarlas y siento placer con la punzada de dolor que me provoca meter el dedo. Al fin y al cabo, son lo que soy. Cuando hablo de otra cosa siento mi voz extrañada. Incluso a veces, hablando de ellas noto que alguien pone las palabras en mi boca, con sus dedos en el teclado. Me roban la voz. Una señorita fina e instruida usa su vocabulario pedante para explicar qué me pasa, por qué estoy tan herida, por qué no quiero curarme. Qué sabrá ella. En cambio yo lo sé todo de ella: vanidosa, insegura, finge creer que sabe de lo que habla, pero no sabe nada. Sus heridas son como un surco dibujado con un palito en la arena de la playa; las mías son todo un valle profundo y escarpado horadado por la erosión durante milenios. No sabe nada de mí, pero yo lo sé todo de ella. No sabe ni cómo me llamo, porque nosotras no tenemos voz ni nombre propio, hablamos a coro. En cambio ella, dice lo que quiere y muchas veces los demás callan y escuchan. Beatriz Quijano, la llaman. Qué sabrá ella de nada.